El gran enemigo

Si algo me ha caracterizado siempre es mi síndrome del impostor, sobre todo en lo que respecta a la literatura y la escritura. Leo a escritores y escritoras que admiro y me parece que, pese a que la gente que me ha leído me diga lo contrario, nunca estoy a la altura.

No todo lo que conlleva es necesariamente malo (creo): esa necesidad de hacerlo lo mejor posible me llevó a formarme en escritura creativa y análisis literario para conocer las herramientas formales de las que dispone el escritor y me hace ser muy exigente conmigo mismo. Pero, por otro lado, me cuesta mucho compartir lo que escribo, porque siempre creo que no vale nada.

Tengo decenas y decenas de relatos acabados que nunca vieron la luz y otros abandonados a medias, convencido de que no valían para nada y que no merecía la pena seguir con ellos. Cuando alguien me dice que quiere leer algo mío y darme su opinión, siento verdadera ansiedad al pensar que me dirá que ha perdido el tiempo leyendo algo malísimo. Muchas veces empiezo a documentarme para un proyecto y no encuentro el momento de parar, pensando que, si no soy capaz de recrear la atmósfera al detalle y sin ningún error, desenmascararán mi falta de talento. Incluso mientras escribía el proyecto de Charles-Henri estuve tentado de dejarlo en varias ocasiones y el fantasma que me susurraba que la novela no le iba a interesar a nadie y que yo no tenía talento estuvo acosándome todos los meses que estuve enfrascado en ella.

El gran enemigo hace todo esto y, además, me frena en muchas ocasiones en lo que se refiere a mis ambiciones.

Me explico.

Admiro a los que superan esto y se tiran a la piscina. Precisamente, hace varios días quedé con Neus (@Sinlibrosnosoynada en YouTube) y hablábamos de todo esto y de lo difícil de publicar, del panorama literario actual y de que yo siempre he soñado con hacer charlas o cursos de escritura pero que no estoy seguro de qué puedo aportar de nuevo al mundo. Entonces, me contestó que, para empezar, publicado o no, yo soy escritor. Y que, para acabar, ella sí piensa que tengo cosas que aportar.

Me resulta muy curiosa la diferencia entre cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo nos ven los demás, porque, siendo honestos, sigo sin entender qué puedo aportar de diferente cuando hay tanta gente con más experiencia, más publicaciones y más conocimientos que yo.

Supongo que para mí la literatura es tan importante, le debo tanto y siempre he soñado con dedicarme a ella, que siento que nunca soy suficiente. Creo que debo encontrar el modo de acabar con este síndrome del impostor y probar a hacer lo que sueño hacer, aunque me caiga de bruces y no lo consiga. O aprender a convivir con él y no permitirle que me controle —cosa que nos llevaría al mismo resultado que la primera opción.

El problema es encontrar las herramientas que me permitan hacer eso. Y no es fácil.

Tal vez debería empezar por creer a quienes me conocen mejor que yo mismo cuando me dicen que, publicado o no, ya soy escritor y que, quizá, sí tenga algo que aportar.

Foto de Christian en Unsplash

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