La Casualidad y la Causalidad: las leyes que rigen la Realidad y la Ficción

En el post anterior comenté que creía muy importante interiorizar la idea de que en una obra de ficción nada pasa por casualidad. Vamos a desarrollar el tema un poco más.

Si bien en el mundo real, según la ciencia, somos fruto de la casualidad y la selección natural, en el mundo de ficción esto no se cumple.

Quien más quien menos, todos hemos leído alguna vez alguna novela donde, ante la sucesión de algún hecho en concreto, nos hemos preguntado: « ¿Y esto, por qué? ». Si ese hecho azaroso ocurriera en la vida real, lo achacaríamos a la casualidad y lo contaríamos entre los amigos entre cervezas como una curiosa anécdota. Pero una novela no funciona así. En una novela (como en el cine) todo debe tener explicación si queremos que el lector no se sienta estafado. Todo lo que ocurre debe tener lugar porque es necesario para el desarrollo natural de aquello que estamos contando o de lo contrario crearemos una trama inconsistente o unas expectativas que, al no ser nunca respondidas, provocarán frustración en el lector y le darán la sensación de que lo que ha leído es de una pésima calidad.

Veamos un ejemplo:

« Madeleine se descubrió paseando por la orilla del Sena cuando, de pronto, le abordó un niño de no más de ocho años, vestido de manera algo anticuada, que le sonreía inocentemente.

—Perdone, señora. ¿Me indica cómo ir a Père Lachaise?

Madeleine sonrió y le indicó el camino. Antes de irse, el niño le entregó un diente de león y salió corriendo. Desapareció tan pronto de la vista de la mujer que éste creyó que se había disipado. »

Si durante el desarrollo de la obra nunca más se vuelve a nombrar al chiquillo, el lector se preguntará por qué ha aparecido y qué pretendíamos con ello; no le encontrará sentido. He aquí el quid de la cuestión.

Fotografía cortesía de Camil Tulcan

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